| Expedicion Argentina al Everest 2010 |
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| Turismo Aventura | |||
| Martes, 06 de Abril de 2010 21:07 | |||
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Sin apartar la vista de nuestras cosas (mochilas, bolsos, petates y equipo de filmación), por una insana actitud de desconfianza, totalmente infundada hasta ahora en este país, nos toca una escena repetida en los aeropuertos del mal llamado tercer mundo, aparente caos y descontrol, apuros de último momento y papeleo intrascendente. El exceso de carga para variar nos obliga a cambiar un poco de planes. Los últimos bolsos con destino sin escalas al campamento base se vieron demorados en Katmandú, mientras que, con nosotros al bimotor, sólo se subieron las mochilas para el trekking. La peor noticia del exceso de equipaje, fue enterarnos que nuestros pequeños "amigos de Tandil" serian privados de nuestra compañía en los almuerzos. Volver 50 años en la historia de la aviación forma parte del itinerario aventurero de esta expedición. Sería mucho exagerar decir que para arrancar las hélices del Twin Otter hace falta darle unas vueltas a mano, pero valdría como metáfora bastante explicativa de la sensación que se tiene entrando en un avión de escasos dos metros de ancho, un asiento a cada lado del angosto pasillo y una capacidad máxima de 16 pasajeros. Por suerte todo juicio que se pueda hacer en Nepal encuentra una absolución. Un vuelo excelente de 45 minutos, con el raro souvenir de ver la cima del mundo, nos depositó en la más increíble pista de aterrizaje que uno se pueda imaginar, menos de 200 mts de largo y en subida, la única chance de frenar antes de una gran pared de piedra. Desayuno a las 9 de la mañana en el pequeño poblado de Lukla, últimos preparativos y finalmente las mochilas al hombro y a comenzar a caminar con destino a Tea House y al otro día a Namche Bazaar a 3.350 mts. La abundancia de belleza de un lugar se mide por la compulsiva necesidad de sacar fotos a todo; pero cuando se sabe positivamente que uno no dispone de un procesador lo suficientemente rápido y cuya capacidad no alcanza para guardar tanta hermosura, la única opción que queda es la de agilizar el dedo índice en el gatillo de la cámara. Cuando los planes de montaña son de varios días y van recorriendo el mismo valle, por momentos la caminata se torna monótona y las vistas se van repitiendo desde diferentes ángulos. Esto no ocurre en el valle Khumbu, el aburrimiento no tiene lugar, las increíbles vistas dan lugar a nuevas imágenes más impresionantes que las anteriores, y en el ínterín la nutrición constante de la cultura sherpa llena los momentos, en los que se descansa el cuello de tanto cogotear hacia arriba. Los kms se acumulan bajo los pies y uno tras otro los puentes que cruzan el torrentoso río glaciar, nos van acercando a Namche Bazaar. Por último una dura cuesta arriba de más de 600 mts de desnivel nos deposita con el aliento en la garganta en un pueblo que, más tiene de pequeña ciudad que de poblado, aunque se encuentre a dos días del medio de transporte artificial más cercano.
Fuente:Gustavo Andrade
Escribe Alvar Puente (miembro de la Expedición) - (Día 12) La expresión del cambio en el resultado de la mano del hombre también se observa a medida que se va subiendo por el valle, los hoteles de fina terminación en piedra, fuente principal de ingreso junto con el trabajo de los porteadores para las expediciones, van dejando lugar a construcciones más precarias, cada vez menos hosterías y cada vez más casonas familiares, rodeadas de minifundios de cultivo de papa. Los caminos por los que transitamos, que días atrás eran la muestra más impresionante del esfuerzo del hombre por estas latitudes, van dejando de ser autovías de piedra de increíble manufactura para convertirse en senderos de alta montaña, siempre cuidados y prolijos, aunque mucho menos elaborados. Los techos de chapa de zinc que abundaban en las cercanías de Lukla se transforman en techos de piedra pizarra extraída de las mismas ladera de las montañas circundantes. Cada día de acercamiento nos va involucrando más y más con nuestro objetivo, las montañas que antes destacaban en la distancia hoy son colosos que dentro de su imponencia van mostrando vías y opciones de ascensión. Todas las mañanas, cuando el aire es más diáfano, desplegamos nuestras habilidades como escaladores y realizamos notables aperturas a vírgenes paredes por expuestas vías que nos dejarán en escasamente holladas cumbres de hielo con forma de merengue; quizás el camino de la imaginación a la que damos rienda suelta durante los opíparos desayunos sea la inconsciente receta para ir motivándonos frente al despliegue de esfuerzo y en algunos casos de sufrimiento que nos espera por delante durante los próximos dos meses. Atrás van quedando Namche Bazaar, Tengboche con su imponente templo y Dengboche con sus bosques achaparrados, la llegada en la sexta jornada al pequeño pueblo de Pangboche nos sorprendió con una sobredosis de misticismo y fé, primero tuvimos la oportunidad de participar de una “phuga”, ceremonia budista en la que un anciano monje, en una gélida habitación de su templo, nos bendijo en nuestro viaje a la cima del mundo. Minutos más tarde y sin previo aviso nos tocó compartir un té de limón y una larga charla con el Lama del valle, un anciano, todavía más entrado en años que el anterior, pero lleno de juventud en la sonrisa y en los movimientos, que nos dedicó oraciones, rezos y unas cuantas carcajadas, que dejaban entrever cierto grado de divinidad entre las arrugas de su avejentado rostro. Con una sensación de paz interior y relajo espiritual regresamos a nuestro descanso vespertino, preparándonos para el próximo día de acercamiento en el que finalmente dejaremos atrás los últimos resabios de vegetación y nos enfrentaremos con el fondo del valle del Khumbu, poco antes de llegar al Campo Base del Everest. Periche es un pequeño pueblo a 4300 msnm, en el que la gente vive del cultivo de vegetales y un poco de la actividad de montaña, al ser una parada obligatoria tanto para los caminantes que van a la base del Everest como para las expediciones que intentan ascender al techo del mundo. El frío aquí es más intenso y el sol se esconde más temprano al estar cada vez mas rodeados de gigantescas montañas. La cercanía al campo base se muestra en la existencia de una posta sanitaria y un grupo de rescate en montaña, permanentes en la temporada. Los helicópteros van y vienen, en la medida que la sustentación del aire les permite volar, evacuando gente que se ve sometida al castigo de la altura, edemas, mal agudo de montaña o simple descompensaciones, que a en estos remotos lugares se pueden tornar dramáticas. La aclimatación avanza y los paseos se van tornando cada vez más exigentes, los desniveles arrancan el aliento y las banderitas de oración siguen siendo el marco fotográfico perfecto para las imponentes montañas que nos rodean. Por fin tras un ascenso de unos 1000 mts de desnivel a un cerro cercano al pueblo logramos las primeras vistas del Makalu, otro de los gigantes de más de 8000 mts que se encuentra en las nacientes del valle que recorre la base de la pared sur del Lhotse, el hermano menor del Everest. Los ojos no tienen la resolución necesaria para procesar toda la información visual que nos entrega el Himalaya a nuestro alrededor, sur del Lhotse, este del Taboche, este del Arakam Tse, oeste del Ama Dablam y sur del Lobuche, todo un festín para la deseosa vista de cualquier andinista. Entre estupas, piedras de oración, jaks, banderines de colores, techos de pizarra, sinceras sonrisas despobladas de dientes e impactantes escenarios de alta montaña se van pasando las jornadas y como quién no quiere la cosa el glaciar del Khumbu va dejando sentir el frio de sus seracs a medida que nos acercamos a la madre de todas las montañas.
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